Volver a Sentir: una Rebelión Contra la Productividad Vacía
En tiempos donde la productividad se ha vuelto la medida de nuestro valor, pareciera que sentir es una amenaza. Nos enseñaron a funcionar antes que a escucharnos, a rendir antes que a habitar, a alcanzar antes que a preguntar. Así, la autoexigencia se convierte en una forma silenciosa de violencia interna: nos empuja sin descanso, aunque estemos agotados; nos exige resultados, aunque el alma pida pausa.
Sentir, en esta cultura de rendimiento, se percibe como un lujo improductivo, una debilidad incómoda o incluso como un obstáculo. El llanto interrumpe la agenda. La tristeza no cabe en el Excel. El miedo no tiene casilla en los informes de gestión. Y la ternura… la ternura se reserva para espacios íntimos, nunca para el escenario profesional. Así, aprendemos a endurecernos, a ponernos armaduras emocionales que nos alejan de nosotros mismos. Sentir se convierte, entonces, en un acto subversivo.
Vivimos en una cultura que, como afirma Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, transforma al sujeto en su propio explotador. Ya no hay un otro que impone, sino un yo que se exige sin tregua. Bajo la apariencia de libertad y superación, muchas veces lo que cultivamos es una cárcel de exigencias internas: “Sé mejor, haz más, no te detengas”.
Pero ¿qué pasaría si nos permitiéramos regresar a la vulnerabilidad como un acto político y espiritual? Brené Brown, investigadora de la Universidad de Houston, sostiene que la vulnerabilidad no es debilidad, sino el coraje de mostrarnos tal como somos, con nuestras grietas, emociones y límites. Regresar al sentir no es retroceder, es rescatarnos.
La psicóloga y poeta Clarissa Pinkola Estés escribe que “para recuperar el alma, necesitamos recuperar nuestras lágrimas”. En ese gesto —tan humano como radical— se esconde una resistencia: la de permitirnos sentir en una época que nos exige insensibilidad para sobrevivir.
Zygmunt Bauman, en su análisis sobre el amor en tiempos líquidos, advierte que “las relaciones se han vuelto frágiles porque vivimos con el miedo a vincularnos de verdad, y ese miedo nace del terror a sufrir”. En sociedades donde todo fluye sin compromiso, el sentir profundo se percibe como un riesgo. Por eso, muchas veces preferimos adormecer lo que duele antes que detenernos a sentirlo. Pero esa desconexión, a largo plazo, también nos exilia de nuestra humanidad.
El acontecimiento del sentir —ese instante en que algo nos toca profundamente— puede ser la puerta hacia la sanación. En lugar de huir del cansancio, el miedo o la tristeza, podríamos aprender a habitarlos con ternura, como quien se sienta junto a un viejo amigo. Solo ahí, en la autenticidad emocional, comenzamos a liberarnos de las exigencias impuestas y a recordar que somos más que resultados: somos procesos, instantes, sensibilidad.
Volver a sentir, en una cultura que corre, que exige y que evita el silencio por temor a lo que pueda revelar, es un acto de resistencia íntima. Es rebelarse con suavidad, volver al pulso de lo humano. Como diría Silvio Rodríguez: “Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”. En este mundo que acelera lo urgente, lo terrible se automatiza, pero lo sensible —lo realmente humano— necesita presencia, pausa y coraje.
Y como cantaba Mercedes Sosa: “Solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente”.
Quizás eso sea todo: no volvernos indiferentes.
Volver al cuerpo, al temblor, a la herida, al perfume del mundo.
Volver a llorar sin vergüenza.
Volver a tocarnos el alma en medio del caos.
Volver a decir “me duele”, “me importa”, “te necesito”.
Amar, en este contexto, es profundamente político. No desde la idealización, sino desde el compromiso con la ternura como acto de resistencia. Porque en un mundo que celebra la velocidad, detenerse a sentir es una forma de revolución dulce. Es un manifiesto íntimo contra el sistema que nos quiere productivos, pero no presentes; exitosos, pero no vivos.
Y quizá, como en las canciones, solo quien se atreve a sentir, a quedarse cuando todo tiembla, a mirar al otro con compasión y no con juicio, está verdaderamente vivo y verdaderamente libre.
Por: Mónica Andrea López